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1
El cartel no figura en ningún hotel o posada o pensión de la isla griega de Mykonos, pero su lema secreto, más o menos, salvando las distancias de la lógica y de la metafísica, sería: ¡vamos a vivir de nuevo!
Esto supondría, sin lugar a dudas, dos importantes novedades. La primera, que alguna vez hemos vivido, ¡eureka!, lo que no quedaba nada claro hasta hace unos minutos. Y, la segunda, la más inquietante, que también, en algún momento no determinado, no hemos estado presentes, es decir, nos hemos muerto, lo que tampoco explicaría, de una vez por todas, esta extraña e inesperada predisposición al regreso.
“Las islas griegas”, exclama Marini en La isla a mediodía, el viejo cuento de Julio Cortázar. Y la pasajera americana, arquetipo literario de todas las pasajeras americanas, contesta con desgana: “Oh, yes, Greece”. Sin embargo, a pesar de nuestras investigaciones, no ha quedado registro de si ésta fue lanzada oportunamente en paracaídas como exigía el protocolo, o si sus restos descansan, como mandan los cánones, en el panteón ilustre de los personajes intrascendentes.
Al parecer, la filosofía es la puta que me acompaña en todo momento, que acompaña a incontables e incautos desgraciados, pero es también la fiel aliada de un destino (el destino del explorador, del coleccionista de reglas) que no se detiene en vulgares consideraciones.
En la isla griega de Hydra, por ejemplo, Leonard Cohen conoce a Marianne, So long, Marianne, pero nosotros desconocemos si el hijo de ambos, Alex, se dedicó finalmente al béisbol, como apuntaba su oráculo, o si dedicó sus días en cambio al cruel ejercicio de la filosofía. De haberse dedicado a lo segundo, quizás se hubiera encontrado, en un claro del bosque o en un momento de descuido, con el bueno de Jorge Santayana. “La vida –predicaba entonces el filósofo hispano- no se hizo para entenderla; la vida se hizo para vivirla”. Pero, por encima de todo, su oficio le hubiera obligado a reparar en las páginas de Wittgenstein. La modernidad, el progreso y la decadencia, de Jacques Bouveresse, y en esa imposible cita de Karl Kraus con la que, oportunamente, nosotros, apoyados en las inclemencias del tiempo, retomamos de nuevo la travesía:
“No me gusta –escribió Kraus bastante enfadado- inmiscuirme en mis asuntos privados”.
Por otra parte, y volviendo al bueno de Alex, no dudamos de que practicando béisbol, y no filosofía, hubiera sido mucho más feliz.
¿Acaso alguien lo duda?
2
Movimiento de giro continuo. De Richard Rorty a Philip Larkin y, de éste, atravesando intervalos de sombra, de nuevo a Rorty.
Por encima de todo: la primera línea del poema de Larkin en el homenaje de Carlos Muñoz Gutiérrez (A parte rei) al filósofo estadounidense: “Y una vez que has recorrido la extensión de tu mente…” Un duro trabajo, sin duda, para expertos en tradiciones que no proceden del tiempo, que son, incluso, anteriores al tiempo. Una tarea imposible que refleja la constante donde, a veces, negadas o traicionadas, se caducan las palabras. Larkin, quizás por ello, se pregunta: ¿Y cuál es el beneficio? Y, a pesar de ello (o precisamente por ello), Rorty sonríe con ironía.
Para Rorty, la literatura es el libro de instrucciones de la felicidad humana. No recuerdo bien qué diablos andaba yo tejiendo el pasado viernes 8 de junio, pero de una cosa estoy bien seguro: estaría guerreando con la vida, con las luchas interiores de la vida, porque entonces no tenía el más mínimo interés en sumergirme en las aguas curativas de la literatura.
¿Era la felicidad así, al otro lado, con esos antecedentes, o uno de sus muchos e incómodos paradigmas? Lo explica a la perfección David Foster Wallace, en una entrevista de 2002 que, ahora, como un milagro, aparece por fin en mi pantalla: “Una obra de ficción –señala David- es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial del mundo”. Pero, algo aún más importante: el clic –añade David-, el clic que justifica la vida, la literatura y la filosofía, el artefacto perfecto de todos los movimientos de giro continuo:
“La comunicación entre el creador y el lector –concluye David Foster Wallace- es algo extraordinariamente misterioso (…) Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud”.
Atravesando intervalos de sombra, a este lado imposible de la historia, Auden, Yeats y Joyce, Blake o Rilke, llevarían tiempo trabajando –al igual que Rorty y Larkin, Larkin y Rorty- en la extraña construcción de un extraño artefacto.
A cierta distancia, y de vuelta a casa, la diosa alfabetizada, la alétheia depositada en el centro por los signos de la escritura, procedería a leerse, justo a tiempo, con toda la fuerza del destino, a través del filósofo.

