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Pero en toda multiplicación de fracasos queda siempre, excitante y orgulloso, un pétalo secreto de rosa cúbica, una variación distinta de las distintas variaciones que componen, a lo largo de la suma de los días, la magia escurridiza de la vida, ese dolor del alma insufrible que vuelve a secas, o más tarde, para recordar insistente lo maravillosas y extrañas que llegan a ser las cosas. Ya lo dijo en su momento un hombre muy sabio: sólo cuando la desdicha hinca sus dientes se nos da la posibilidad de ser lo que quizá podamos llegar a ser. E incumplida de manera lamentable la primera y más importante de las reglas, la que daba el viejo Kraus al principio del cuaderno, no me queda más remedio, mucho me temo, que asumir el torpe fracaso. ¿Inmiscuirme, entonces, aceptaba interrogante, en mis asuntos privados? ¿Decir algo, por ello mismo, en mi propio nombre, es decir, en nombre propio? Giorgio Colli recordaba, a propósito de asuntos como éste, que Platón, a lo largo de su vigorosa carrera, sólo se nombró a sí mismo en un par de ocasiones. Y, además, como bien escribe Gilles Deleuze, en Lettre a M. Cressole, “Decir algo en nombre propio es muy curioso; porque no es en absoluto en el momento en que uno se toma por un yo, una persona o un sujeto, cuando se habla en su nombre. Al contrario, un individuo adquiere un verdadero nombre propio como consecuencia del más severo ejercicio de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan de parte a parte, a las intensidades que le recorren”. Por todo ello, desmontado con angustia el equipaje (aunque lo lógico, por otra parte, hubiera sido lo contrario) sólo me queda esperar a la llegada intempestiva de algún ángel, de un sátiro malvado o de una serpiente; suplicar a la impotencia creadora una explosión de los cielos que ordene con firmeza mis entrañas; aguardar a la llegada de ese polvo, de vómito de estrellas o de viento, que apriete y que perfore mi cerebro con la exigencia total de un rayo cósmico. Que injerten entre todos en el hueco palabras inquietantes como árbol, palabras imposibles como risa, palabras misteriosas como muerto. Que habiten en la hora decisiva, al fin y para mí y a todas horas, y engendren, en mi cuerpo y para siempre, una palabra nueva.

28/09/2007 14:38

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Autor: Anna

Como dice una amiga mía "lo insignificante es tan importante como todo lo demás". Pero los aguijones no vienen de fuera, los tenemos dentro, demasiado dentro quizás.

Fecha: 28/09/2007 17:48.


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