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HUÉSPED DEL ALMA

Me lo pregunta la sabiduría eterna, sencilla, la misma voz que surge de la misma experiencia, la voz amiga, la voz atenta y elegante del ciberespacio, el eterno femenino: ¿cómo vas? –me interroga-, ¿resistes al invasor?

En Lo que dijo Nietzsche, Mazzino Montinari (colaborador de Giorgio Colli en la elaboración del soporte filológico de la edición crítica de la obra de Friedrich Nietzsche), reseña los inicios del filósofo en su trabajo diario de observación de sí mismo. A los diecinueve años, tal vez influido por la lectura de los ensayos de Emerson –nos cuenta Montinari-, Nietzsche escribe un pequeño ensayo titulado Sobre los estados de ánimo. Y allí, pensando sobre sí mismo, Nietzsche escribe:

“Confesémoslo: yo escribo sobre los estados de ánimo precisamente porque tengo un estado de ánimo; y es una suerte que justo ahora me encuentre en el estado de ánimo de describir estados de ánimo”; los estados de ánimo –señala Montinari- son como los huéspedes de nuestra alma: “Pero es extraño –concluye Nietzsche-, los huéspedes no llegan porque así lo queramos y no vienen por serlo, sino que vienen precisamente aquellos huéspedes que tienen que venir y sólo ellos. Todo lo que no es capaz de hacer reflexionar al alma tampoco la afecta; pero, puesto que es propio del poder de la voluntad hacer o no que el alma reflexione, sólo la afectará lo que ella quiera (…). Una de las inclinaciones más fuertes del alma es cierta curiosidad, una tendencia hacia lo insólito; así se explica que a menudo caigamos en estados de ánimo desagradables”.

El invasor, ahora, según esto, es el huésped del alma, y sólo él, dictador caprichoso, dicta las normas; el filósofo observa, en ocasiones, este curioso experimento, dejando constancia inmediata de esa curiosidad que desemboca, en ocasiones, en estados de ánimo desagradables.

El estado de ánimo desagradable sería la extensión incomprensible del invasor (al menos hasta la llegada de los especialistas) que ahora campa a sus anchas hiriendo como animal herido los universos del alma. Pero, llegados a este punto, también puede suceder que el invasor aparezca, a los ojos del filósofo, como una forma aproximada del conocimiento. A Remo Bodei, por ejemplo, el trabajo de campo le ha llevado hasta una zona del coraje donde dolor y pasión, ira, odio, celos o deseos de venganza, ultimarían esa estrategia que, parafraseando el título de una novela de Emilio Gadda, Bodei denomina “conocimiento del dolor”.

Para el Catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Pisa éste sería el caso. Aunque el caso, para otro colega suyo, el francés Clément Rosset, compartiendo en este caso experiencias conocidas, o cercanamente conocidas, deriva en cierta Travesía nocturna donde el dolor precisamente, depresivo, oscuro y alcohólico, se desborda más allá incluso de todas las formas conocidas del conocimiento. En Rosset hay también auto-observación y la constancia de la dificultad que supone hablar de uno mismo. Aun así el filósofo francés nos cuenta la historia de su invasor particular y las claves interiores para entender su desmedido abismo:

“La particularidad de este dolor –escribe Rosset-, de ser sin naturaleza definible como lo es sin causa aparente. Nadie la comprende, ni los psiquiatras ni los escritores que han sufrido o han intentado describirla, como Fitzgerald en La felúre o Styron en Face aux ténèbres. Styron dice que la angustia depresiva se relaciona un poco con el ahogamiento, con la asfixia, agregando por otra parte en seguida que es sin embargo totalmente diferente. Fitzgerald ha salido bien con unas piruetas admirables de fría y fúnebre ironía. En cuanto a mí soy incapaz de decir el horror que experimento algunas mañanas durante una hora, en el momento de abandonar el lecho. Sufro, pero de ninguna cosa; nada es causa de dolor en las imágenes, los pensamiento desfilan cuando estoy medio despierto. Ellas no obstante se acompañan de una descarga de sufrimiento absolutamente indescriptible. No he encontrado en ninguna parte descripción y sería incapaz de hacer una descripción yo mismo. Simplemente puedo decir que, y es la última definición que he encontrado, es un dolor sobreagudo, de orden no físico, cuya naturaleza y causa son desconocidas”.

Después de esto, el proceso de observación de los propios estados de ánimo queda subsumido en un profundo silencio. Hay que leer los episodios clínicos de nuestros compañeros, nuestros propios episodios clínicos, y dejar constancia de ello. Alcohólicos de las palabras, letraheridos adictos a los licores más exquisitos, buscando algo que reconforte nuestra naturaleza, debemos acabar con ello e intentar comenzar de nuevo. “Beber es, literalmente –explicaba Gilles Deleuze en las conversaciones con Claire Parnet que dieron forma a su particular abecedario-, hacer todo lo posible para acceder al último vaso”. Y añadía: “Eso es lo que interesa”.

11/09/2007 13:02

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Autor: K

Madre mía. Ese despiece forense del dolor hace mucho más daño que el lloriqueo poético. Colocarlo en una camilla, bisturí en mano, y enfrentarse a él con esa aparente frialdad... supongo que es una forma tan válida como cualquier otra de exorcizar.

Brindaré a tu salud.

Fecha: 13/09/2007 13:30.


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