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La analogía es la clave que el profesor de esgrima (o de filosofía) utiliza para acabar, de una vez por todas, con su temible enemigo:

Muy feliz era el ciempiés,
Hasta que un sapo una vez,
Le preguntó: -¿Qué orden al andar siguen tus remos?
Lo cual forzó su mente a tal extremo
Que a una zanja, distraído, fue a caer,
Mientras pensaba cómo hacer para correr.

Durante algunas tardes, cogidos de la mano como dos enamorados, recorrimos lentamente las orillas del Arroyo de la Recomba, la pequeña línea de agua, milagrosa y extraña, que cruza nuestro particular oasis, es decir, nuestro entrañable parque periurbano.

Una tarde, bajo la sombra poderosa de un plátano, llamó nuestra atención la presencia de una pintora japonesa que, con mirada afilada, aprehendía las singularidades de aquel insospechado rincón de la naturaleza. Sentada justo al borde de uno de los diques que regulan el recorrido de las aguas, su mano se movía con la firmeza de un viejo maestro zen. Irregulares e imperfectos, sus golpes y gestos captaban el sentido de la vida y la magia del color en una visión personal y genuinamente intransferible. Todos cuantos pasamos a su lado guardamos un respetuoso silencio, como nunca antes quizás en el parque, convencidos de que, ante aquel ejemplo de precisión en el arte, nadie debía contravenir lo sagrado.

Quizás movido por aquella anécdota, a apenas unos cientos de metros de lo que queda de la vieja Iglesia de San Pedro, en Polvoranca (un lugar de juegos lejanos y de historias de infancia), intenté que ella, cogida de mi mano (yo creí que para siempre), escuchara pasajes del zen en las interpretaciones de Allan Watts o del mismísimo Suzuki, y compartir así algo que pudiera unir o pegar, al menos por unos momentos, las piezas de aquel rompecabezas que entonces representábamos.

Mientras yo me quemaba los ojos admirando su belleza, comprendí rápidamente la dificultad que entrañaba aquel trabajo, porque explicar el zen era como intentar explicar qué puede tener entre sus manos, más allá de los límites de nuestro mundo, el dios benéfico de la literatura o el dios enloquecido de la inteligencia.

El mismo Allan Watts, por ejemplo, lo confirmaba enseguida:

“Es así como cualquiera que haga la tentativa de escribir sobre zen, tiene que enfrentarse con dificultades insólitas: no puede jamás explicar, sólo puede indicar; tan sólo puede ir planteando problemas y proporcionando indicios que, cuando mucho, apenas alcanzaran a acercar al lector a la verdad, pero en el mismo instante en que trata de llegar a una definición exacta, la cosa se le desliza de las manos, y la definición termina siendo nada más que una concepción filosófica”.

Siguieron así los paseos al borde del Arroyo de la Recomba (¿o era más bien del Arroyo Culebro, es decir, al borde del abismo?), pero no volvimos ya a transitar, nunca más, en nuestros cruces habituales de cables, por las analogías y lecturas magistrales del budismo zen.

No obstante, la obligación de escribir esta nota me vino dada a través de la lectura, hace tan sólo un par de días, de este artículo del colega Azúa. Verán ustedes, andaba yo buscando gatos negros, gatos nietzscheanos, cuando de pronto me encontré con esto:

“Para combatir la superstición de la Sabiduría Oriental –afirma Azúa- hay dos caminos, poner a los optimistas a estudiar rigurosamente la filosofía oriental hasta que se harten o escriban un libro sobre budismo zen. O bien darles a leer (y a pensar) aquello que Kafka le respondió a Janouch en cierta ocasión.

Le presté a Kafka una traducción alemana del libro religioso hindú Bhagavadgita. Kafka dijo:
- Los documentos religiosos hindúes me atraen y me repelen a un tiempo. Al igual que un veneno, en su interior contienen algo tentador y algo repulsivo. Todos estos yoghis y magos no dominan la vida física a través de su amor ferviente a la libertad, sino a través de un odio frío e inconfesado a la vida. La fuente de las prácticas religiosas hindúes es de un pesimismo insondable”
(Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka, Destino, p.158)

Y concluía Azúa: “Los adultos pueden estudiar Sabiduría Oriental sin ningún peligro, e incluso copiarla, como hizo Schopenhauer. No así los jóvenes. Es conveniente apartar a los estudiantes de toda contaminación oriental. O que la practiquen los fines de semana, como el éxtasis. Son lo mismo. Pura resignación”.

Si los paseos con zen, ya por fin, se habían terminado; si ninguna mano tomaba ya mi mano (¿cómo iba a tomarla?) y el colega Azúa llamaba coherentemente la atención sobre algo que ella, mucho antes, mucho más inteligente, había ya denunciado, ¿por qué seguir entonces con todas aquellas colecciones de abandono?

Y entonces me acordé de Chantal Maillard, y recordé su dolor, la oportunidad verdadera del dolor, su contingencia, la interpretación, incluso, del dolor:

“Yo creo –comentaba Maillard- que corazón ya no tengo”.

Así, pensé, si logramos comprenderlo, vemos brillar los colores de un caleidoscopio eterno en su cosmicómica infinita de versiones.

Y, de paso, según necesidades, vamos tomando éxtasis (¿Sabiduría Oriental, Hegel, Schopenhauer?), mescalina y ayahuasca, lorazepam y anfetaminas.

Hasta el final del camino, sí, ¡cómo no!, según nos vamos acercando.

Hasta el borde mismo del abismo.

Incluso allí, justo al lado, nos echamos unas risas.

03/08/2007 14:18

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Autor: pini

yo creo que corazón ya no tengo.
maravillosa referencia.
he pasado para ver si puedo retomar mi antiguo oficio.
un abrazo querido enrique.

Fecha: 06/08/2007 20:57.


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Autor: Enrique

Pues habrá que hacer algo para recuperarlo, pini. ¡Qué alegría! Tú ahí, también, de nuevo. Y, a la vez, ¡qué vergüenza! ¡Cuántas noticias te debo! Bueno, ya te cuento con más tiempo, ahora estoy en el trabajo. Ya sabes, ROMPEOLAS. Un abrazo.

Fecha: 07/08/2007 10:05.


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