y 10
Exterminador, el ángel. ¿Y el espíritu? ¿Y el sátiro? ¿Y la serpiente? “La serpiente que no puede mudar de piel perece. Igual los espíritus a los que se impide mudar de opiniones: cesan de ser espíritus”. Friedrich Nietzsche, Aurora, 573. Aunque, independientemente de ello, ahora ya no soy el mismo. Y antes, apenas hace un par de horas, o un par de escasos minutos, me temo que tampoco; por eso mismo deshago el camino equivocado y vuelvo a casa:
Amor
Obsesionadamente
Adicto a la locura,
Pero no con la forma del lazo
O el poder de la cadena,
Sino con savia de la música,
Con la fuerza que habita, misteriosa,
En el cuerpo liberado de la danza,
En su orgullo rebelde, intenso,
En el gesto que se afirma
Como un gesto único,
Que se acelera curioso
Ante el sabor de los viejos placeres,
De la pasión olvidada
Bajo el sucio mar de la rutina,
De los besos olvidados,
De los nuevos peligros,
En la carne que se ofrece como un verso
Y navega por el cosmos…
(Héroes de piedra que regresan, dejando atrás la tierra calcinada, al filo de la navaja mística).
9
Pero en toda multiplicación de fracasos queda siempre, excitante y orgulloso, un pétalo secreto de rosa cúbica, una variación distinta de las distintas variaciones que componen, a lo largo de la suma de los días, la magia escurridiza de la vida, ese dolor del alma insufrible que vuelve a secas, o más tarde, para recordar insistente lo maravillosas y extrañas que llegan a ser las cosas. Ya lo dijo en su momento un hombre muy sabio: sólo cuando la desdicha hinca sus dientes se nos da la posibilidad de ser lo que quizá podamos llegar a ser. E incumplida de manera lamentable la primera y más importante de las reglas, la que daba el viejo Kraus al principio del cuaderno, no me queda más remedio, mucho me temo, que asumir el torpe fracaso. ¿Inmiscuirme, entonces, aceptaba interrogante, en mis asuntos privados? ¿Decir algo, por ello mismo, en mi propio nombre, es decir, en nombre propio? Giorgio Colli recordaba, a propósito de asuntos como éste, que Platón, a lo largo de su vigorosa carrera, sólo se nombró a sí mismo en un par de ocasiones. Y, además, como bien escribe Gilles Deleuze, en Lettre a M. Cressole, “Decir algo en nombre propio es muy curioso; porque no es en absoluto en el momento en que uno se toma por un yo, una persona o un sujeto, cuando se habla en su nombre. Al contrario, un individuo adquiere un verdadero nombre propio como consecuencia del más severo ejercicio de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan de parte a parte, a las intensidades que le recorren”. Por todo ello, desmontado con angustia el equipaje (aunque lo lógico, por otra parte, hubiera sido lo contrario) sólo me queda esperar a la llegada intempestiva de algún ángel, de un sátiro malvado o de una serpiente; suplicar a la impotencia creadora una explosión de los cielos que ordene con firmeza mis entrañas; aguardar a la llegada de ese polvo, de vómito de estrellas o de viento, que apriete y que perfore mi cerebro con la exigencia total de un rayo cósmico. Que injerten entre todos en el hueco palabras inquietantes como árbol, palabras imposibles como risa, palabras misteriosas como muerto. Que habiten en la hora decisiva, al fin y para mí y a todas horas, y engendren, en mi cuerpo y para siempre, una palabra nueva.
8
PHILIA
¿Se pueden perder los papeles, así, como una sombra que se pierde entre las sombras, para toda una vida? ¿Y, si no es así, si al cabo de un tiempo puede uno volver a proponérselo, intentar recuperar el tiempo perdido a pesar del esfuerzo que esto conlleva? ¿Apretar los dientes e intentar elaborar acaso un par de letras dichosas? ¿Apreciar la sonrisa del espejo, el rostro del otro, eso que nunca has valorado por egoísmo estúpido, sucias pasiones, carácter o naturaleza?
No, no hay que escapar muy lejos, me temo. O, ¡quién sabe!, escapar tan lejos como permitan ya nuestras escasas fuerzas.
En su Ética a Nicómano, Aristóteles nos habla de ese bien tan preciado que se nos muestra a todos como virtud, o que va acompañado de virtud, es decir, lo más necesario (anakaiotaton) para la vida.
Amistad. Philia.
“Los amigos –dice Aristóteles- se necesitan en la prosperidad y en el infortunio, puesto que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a quienes hacer bien”.
Y también:
“La presencia de los amigos en la buena fortuna lleva a pasar el tiempo agradablemente y a tener conciencia de que los amigos gozan con nuestro bien. Por eso debemos invitarlos a nuestras alegrías porque es noble hacer bien a otros, y rehuir invitarlos a participar en nuestros infortunios, pues los males se deben compartir lo menos posible. Con todo, debemos llamarlos a nuestro lado cuando han de sernos de ayuda, y recíprocamente está bien acudir de buena voluntad a los que pasan alguna adversidad aunque no nos llamen, porque es propio del amigo hacer bien, sobre todo a los que lo necesitan y no lo han pedido, lo cual es para ambos más virtuoso”.

Herramientas agotadas, sin embargo, herramientas también del futuro, producen seres extraños de ignorante complexión y comportamiento dudoso. Se han vuelto locos de sangre prefabricada y ahora necesitan una mano de verdad, una mano amiga, que pueda habitar en el pasado, con fuerza, justificando el tiempo. “El planeta tierra nunca ha sido tan pequeño”, recordaba Virilio a propósito de la publicidad de una marca de teléfonos celulares. Y, a pesar de ello, nunca han estado algunos (¿los idiotas resentidos, los desheredados verdaderos?) tan cerca de perecer en su desértico abismo. “Ver a distancia, oír a distancia: esa era la esencia de la antigua perspectiva audiovisual –escribe Virilio-. Pero tocar a distancia, sentir a distancia, esto equivale a un cambio de perspectiva hacia un dominio que todavía no se abarca: el del contacto, el contacto a distancia, el telecontacto”.
Aunque también antes, mucho antes incluso de la llegada de los cables, de las nuevas ondas expansivas y de los no-cables, la fábrica de seres producía desiertos para ineptos indigentes e inadaptados enérgicos; amplias extensiones de terreno donde quedar fijados a una obsesión marchita, a cierta insistente manía, alejados de ese rostro del espejo que, al fin y al cabo, es el rostro deseado de la vida.
“Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario –explica Aristóteles en su Ética-, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar solo”.
Así, cada gesto que niega, cada letra que niega, es un cuerpo de ingratitud inmensa que se exilia a la fuerza, violento y con justicia, a esa tierra vacía de los seres sin palabra.
Seres callados, seres extraños, alimentados del polvo de un camino que carece de retorno.
7
HUÉSPED DEL ALMA
Me lo pregunta la sabiduría eterna, sencilla, la misma voz que surge de la misma experiencia, la voz amiga, la voz atenta y elegante del ciberespacio, el eterno femenino: ¿cómo vas? –me interroga-, ¿resistes al invasor?
En Lo que dijo Nietzsche, Mazzino Montinari (colaborador de Giorgio Colli en la elaboración del soporte filológico de la edición crítica de la obra de Friedrich Nietzsche), reseña los inicios del filósofo en su trabajo diario de observación de sí mismo. A los diecinueve años, tal vez influido por la lectura de los ensayos de Emerson –nos cuenta Montinari-, Nietzsche escribe un pequeño ensayo titulado Sobre los estados de ánimo. Y allí, pensando sobre sí mismo, Nietzsche escribe:
“Confesémoslo: yo escribo sobre los estados de ánimo precisamente porque tengo un estado de ánimo; y es una suerte que justo ahora me encuentre en el estado de ánimo de describir estados de ánimo”; los estados de ánimo –señala Montinari- son como los huéspedes de nuestra alma: “Pero es extraño –concluye Nietzsche-, los huéspedes no llegan porque así lo queramos y no vienen por serlo, sino que vienen precisamente aquellos huéspedes que tienen que venir y sólo ellos. Todo lo que no es capaz de hacer reflexionar al alma tampoco la afecta; pero, puesto que es propio del poder de la voluntad hacer o no que el alma reflexione, sólo la afectará lo que ella quiera (…). Una de las inclinaciones más fuertes del alma es cierta curiosidad, una tendencia hacia lo insólito; así se explica que a menudo caigamos en estados de ánimo desagradables”.
El invasor, ahora, según esto, es el huésped del alma, y sólo él, dictador caprichoso, dicta las normas; el filósofo observa, en ocasiones, este curioso experimento, dejando constancia inmediata de esa curiosidad que desemboca, en ocasiones, en estados de ánimo desagradables.
El estado de ánimo desagradable sería la extensión incomprensible del invasor (al menos hasta la llegada de los especialistas) que ahora campa a sus anchas hiriendo como animal herido los universos del alma. Pero, llegados a este punto, también puede suceder que el invasor aparezca, a los ojos del filósofo, como una forma aproximada del conocimiento. A Remo Bodei, por ejemplo, el trabajo de campo le ha llevado hasta una zona del coraje donde dolor y pasión, ira, odio, celos o deseos de venganza, ultimarían esa estrategia que, parafraseando el título de una novela de Emilio Gadda, Bodei denomina “conocimiento del dolor”.
Para el Catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Pisa éste sería el caso. Aunque el caso, para otro colega suyo, el francés Clément Rosset, compartiendo en este caso experiencias conocidas, o cercanamente conocidas, deriva en cierta Travesía nocturna donde el dolor precisamente, depresivo, oscuro y alcohólico, se desborda más allá incluso de todas las formas conocidas del conocimiento. En Rosset hay también auto-observación y la constancia de la dificultad que supone hablar de uno mismo. Aun así el filósofo francés nos cuenta la historia de su invasor particular y las claves interiores para entender su desmedido abismo:
“La particularidad de este dolor –escribe Rosset-, de ser sin naturaleza definible como lo es sin causa aparente. Nadie la comprende, ni los psiquiatras ni los escritores que han sufrido o han intentado describirla, como Fitzgerald en La felúre o Styron en Face aux ténèbres. Styron dice que la angustia depresiva se relaciona un poco con el ahogamiento, con la asfixia, agregando por otra parte en seguida que es sin embargo totalmente diferente. Fitzgerald ha salido bien con unas piruetas admirables de fría y fúnebre ironía. En cuanto a mí soy incapaz de decir el horror que experimento algunas mañanas durante una hora, en el momento de abandonar el lecho. Sufro, pero de ninguna cosa; nada es causa de dolor en las imágenes, los pensamiento desfilan cuando estoy medio despierto. Ellas no obstante se acompañan de una descarga de sufrimiento absolutamente indescriptible. No he encontrado en ninguna parte descripción y sería incapaz de hacer una descripción yo mismo. Simplemente puedo decir que, y es la última definición que he encontrado, es un dolor sobreagudo, de orden no físico, cuya naturaleza y causa son desconocidas”.
Después de esto, el proceso de observación de los propios estados de ánimo queda subsumido en un profundo silencio. Hay que leer los episodios clínicos de nuestros compañeros, nuestros propios episodios clínicos, y dejar constancia de ello. Alcohólicos de las palabras, letraheridos adictos a los licores más exquisitos, buscando algo que reconforte nuestra naturaleza, debemos acabar con ello e intentar comenzar de nuevo. “Beber es, literalmente –explicaba Gilles Deleuze en las conversaciones con Claire Parnet que dieron forma a su particular abecedario-, hacer todo lo posible para acceder al último vaso”. Y añadía: “Eso es lo que interesa”.
6
IDEA DE GRECIA
Todo parece indicar un principio, acostumbrados a pensar así, de esta manera.
La respuesta a una pregunta descansaría allí, en ese principio, o en el desarrollo posterior de ese principio, del guión predestinado que se muestra a partir de ese momento. Después de todo, nosotros buscamos la explicación siempre, sea cual sea el juego. Y, cuanto antes jugamos al juego de la construcción de los cimientos, todo parece justificado.
En un principio, justamente, en El nacimiento de la filosofía, Giorgio Colli nos invita a seguir un camino equivocado, es decir, el único camino posible para el noble ejercicio de la filosofía.
“La locura –afirma Colli- es la matriz de la sabiduría”.
Y, vistas así las cosas, dicho con fuerza lo dicho en el tono negado, ocultado, por la modernidad presurosa, será muy difícil, por no decir imposible, recuperar la razón intacta, o el arte sinsentido del sentido.
La pregunta, sin embargo, al principio de todos los principios, también se presentará de esta forma:
“¿Qué importancia tiene Grecia para la cultura contemporánea –preguntaba en 1992 Teresa Oñate al filósofo francés Pierre Aubenque-, cuál es su significatividad, qué podemos aprender de Grecia hoy y, sobre todo, qué no puede ver nuestra cultura si no es en Grecia, o más que en Grecia, en el caso de que lo hubiera…”
Y la respuesta de Aubenque a la interrogación de la catedrática española servirá para explicar la necesidad de este cuaderno griego, de esta Grecia poderosa donde nunca se doblegan los olivos, a salvo de todas las llamas, a salvo de todo.
“Creo que nuestro interés por la helenidad y el mundo heleno –contestó entonces Aubenque- viene determinado, y de modo fundamentalmente negativo, por el desencanto generalizado que se experimenta hoy en relación al mundo moderno. La filosofía contemporánea en muchos sentidos y de diversos modos se presenta como una crítica de la modernidad, es decir, como una crítica de las ideologías: en primer lugar de la metafísica moderna, que es, desde el reinicio cartesiano de la metafísica, una metafísica de la subjetividad y la racionalidad, y en segundo lugar, de la ciencia y técnica modernas, que son, sin duda, una consecuencia suya. Desde ese punto de vista pienso que la vuelta a lo griego tiene para nosotros hoy un doble y complejo significado: por un lado los griegos, la filosofía griega a través de todas sus formas y manifestaciones, y particularmente bajo su forma clásica –me refiero en especial a Aristóteles- están sin duda en el origen de la modernidad (la verdad es que no creo que haya habido revoluciones drásticas en el interior de la historia del pensamiento) en el sentido de que los tiempos modernos prolongan una dimensión central de la filosofía griega: la del lógos, la de ese cierto logocentrismo que aparece por primera vez en Grecia con Parménides, Platón o Aristóteles..; en lo que concierne a la ciencia está claro que fue Aristóteles el primero en elaborar un concepto riguroso de ciencia, de epistéme, el cual, pese a todas las transformaciones sufridas a partir del Renacimiento, ha continuado rigiendo la práctica moderna de la ciencia y haciendo posible la ciencia misma”.
Y, más tarde, entre muchas e interesantes cuestiones, Aubenque añade:
“Así pues, se puede decir, esquemáticamente, que los griegos están en el origen de la modernidad. Pero, por otra parte, y esto lo sabemos sobre todo a partir de Nietzsche, son también los griegos, y en particular la Grecia arcaica, quienes pueden ofrecernos una especie de contrapeso o hasta de alternativa a la modernidad, en la medida en que consideremos cómo el discurso lógico, logocéntrico o metafísico de Grecia se fue constituyendo progresivamente a partir de un suelo donde la mitología y la poesía, por ejemplo, jugaban un papel mucho más determinante, por lo que en consecuencia volver a lo griego, tal como ya preocupara a Nietzsche, podría suponer el reencontrarse con una posibilidad otra, distinta, con un pensamiento otro, diverso del que se ha vuelto dominante a través de las etapas ulteriores de la historia del pensamiento”.
¿La razón y la ciencia moderna, entonces, al comienzo del principio?
¿La locura, en el oportuno contrapeso, mucho antes del principio, como fuente primordial de la sabiduría?
A propósito de Heráclito, y de cierto concepto de armonía, Colli nos advierte de la posibilidad de ese desdoblamiento, de ese mostrarse así, lo que se une ante nosotros, en el día noche, verano invierno, guerra paz, saciedad hambre.
“Por consiguiente –señala Colli-, las obras del arco y de la lira, la muerte y la belleza, proceden de un mismo dios, expresan una idéntica naturaleza divina, simbolizada por un jeroglífico idéntico, y sólo en la perspectiva deformada, ilusoria, de nuestro mundo de la apariencia, se presentan como fragmentaciones contradictorias”.
Como el Genius romano de las Profanaciones de Giorgio Agamben, una cara de la moneda sostiene una antorcha encendida; la otra, mensajera de la muerte, vuelca la antorcha.
¿O no son así, precisamente, todas nuestras cosas?
5
De mi propia contradicción, ya agotada, vuelven joyas y letras de plata, aires conocidos madurados por el tiempo, voces de viento que envejecen con el orgullo de los lentos desastres.
Viajo por el mundo para escapar de las llamas de la angustia, llamas griegas (las verdaderas, las que describen los periódicos), llamas de sangre que laceran, sin piedad y sin consuelo, respiración y alma.
En la Plaza de Mina, en Cádiz, en la librería Manuel de Falla, pido Diálogos de Gente, del maestro Agustín García Calvo, convencido de que ciertas lecturas no sirven para mejorar el ánimo, aunque en esas estamos.
De Tristeza de ánimo, primer diálogo, subrayo la danza de la contradicción instantánea, el juego del placer que practico allí sin ganas, hecho un manojo de nervios, y que el mundo, encantado, juega sin mí alrededor de la Plaza.
“Ya, ya: no me lo repitas más, amigo –comenta uno de los personajes-, que demasiado lo veo yo, por más que me esconda por los rincones: y eso debe de ser por lo que me encuentras de más de triste: que por todas partes me asalta esa visión y ese ruido de prójimos y prójimas que se lo pasan pipa, o sea, vamos, que se lo creen, y tan convencidos de que a eso es a lo que están en este mundo, a trabajar para disfrutar de sus vacaciones, a comprar lo que les mandan envuelto en cintas y colorines, a entrecruzarse felicidades del uno al otro confín del Globo”.
Más tarde, ya en Tarifa, en una playa caliente y borrosa, los dioses nos regalan otra ración de espejismos.
Y, a pesar de abrir con fuerza los ojos, o precisamente por ello, nadie vence a la extraña sensación de caminar en sueños.
4
Me gusta porque sugiere, precisamente, aquello que falta.
Grecia. Heraklion International Airport. O algo muy parecido.
Agosto. Temperatura máxima de 31º C y mínima de 25º C. El espejismo es el mismo en todas las direcciones de la mirada. O no, no se trata de un espejismo, de una representación desacertada, sino de algo mucho más profundo.
“En Grecia –señala Giorgio Colli- el sabio es un pugilista, siempre precavido contra ataques mortales, incluso en sueños visitado por monstruos y guerreros, que con gestos mesurados, aparentemente benignos y sosegados, y soltura en sus miembros, emerge de una refriega vertiginosa, de las insidias de los dioses. Después de la lucha –concluye Colli- las palabras salen de su boca con firmeza, sin titubeos”.
Pero, mucho más importante incluso que el gesto del sabio, gesto de pugilista, serían la fortaleza y la generosidad del héroe, es decir, precisamente aquello que falta.
“La verdad del héroe –escribe Fernando Savater en El héroe como proyecto moral- va más allá de su propia opción libre, va más allá de la virtud que en él encarna, más allá del carácter que asume como destino: la verdad del héroe es su risa, la alegría que brota de la gran seriedad de lo irremediable momentáneamente vencida. Tal como cierto día en Macedonia rió un joven príncipe cuando, para domar a un hermoso caballo imposible, le apartó del vano temor de su sombra y le hizo volver los ojos fieros hacia el furor del sol”.
3
La analogía es la clave que el profesor de esgrima (o de filosofía) utiliza para acabar, de una vez por todas, con su temible enemigo:
Muy feliz era el ciempiés,
Hasta que un sapo una vez,
Le preguntó: -¿Qué orden al andar siguen tus remos?
Lo cual forzó su mente a tal extremo
Que a una zanja, distraído, fue a caer,
Mientras pensaba cómo hacer para correr.
Durante algunas tardes, cogidos de la mano como dos enamorados, recorrimos lentamente las orillas del Arroyo de la Recomba, la pequeña línea de agua, milagrosa y extraña, que cruza nuestro particular oasis, es decir, nuestro entrañable parque periurbano.
Una tarde, bajo la sombra poderosa de un plátano, llamó nuestra atención la presencia de una pintora japonesa que, con mirada afilada, aprehendía las singularidades de aquel insospechado rincón de la naturaleza. Sentada justo al borde de uno de los diques que regulan el recorrido de las aguas, su mano se movía con la firmeza de un viejo maestro zen. Irregulares e imperfectos, sus golpes y gestos captaban el sentido de la vida y la magia del color en una visión personal y genuinamente intransferible. Todos cuantos pasamos a su lado guardamos un respetuoso silencio, como nunca antes quizás en el parque, convencidos de que, ante aquel ejemplo de precisión en el arte, nadie debía contravenir lo sagrado.
Quizás movido por aquella anécdota, a apenas unos cientos de metros de lo que queda de la vieja Iglesia de San Pedro, en Polvoranca (un lugar de juegos lejanos y de historias de infancia), intenté que ella, cogida de mi mano (yo creí que para siempre), escuchara pasajes del zen en las interpretaciones de Allan Watts o del mismísimo Suzuki, y compartir así algo que pudiera unir o pegar, al menos por unos momentos, las piezas de aquel rompecabezas que entonces representábamos.
Mientras yo me quemaba los ojos admirando su belleza, comprendí rápidamente la dificultad que entrañaba aquel trabajo, porque explicar el zen era como intentar explicar qué puede tener entre sus manos, más allá de los límites de nuestro mundo, el dios benéfico de la literatura o el dios enloquecido de la inteligencia.
El mismo Allan Watts, por ejemplo, lo confirmaba enseguida:
“Es así como cualquiera que haga la tentativa de escribir sobre zen, tiene que enfrentarse con dificultades insólitas: no puede jamás explicar, sólo puede indicar; tan sólo puede ir planteando problemas y proporcionando indicios que, cuando mucho, apenas alcanzaran a acercar al lector a la verdad, pero en el mismo instante en que trata de llegar a una definición exacta, la cosa se le desliza de las manos, y la definición termina siendo nada más que una concepción filosófica”.

Siguieron así los paseos al borde del Arroyo de la Recomba (¿o era más bien del Arroyo Culebro, es decir, al borde del abismo?), pero no volvimos ya a transitar, nunca más, en nuestros cruces habituales de cables, por las analogías y lecturas magistrales del budismo zen.
No obstante, la obligación de escribir esta nota me vino dada a través de la lectura, hace tan sólo un par de días, de este artículo del colega Azúa. Verán ustedes, andaba yo buscando gatos negros, gatos nietzscheanos, cuando de pronto me encontré con esto:
“Para combatir la superstición de la Sabiduría Oriental –afirma Azúa- hay dos caminos, poner a los optimistas a estudiar rigurosamente la filosofía oriental hasta que se harten o escriban un libro sobre budismo zen. O bien darles a leer (y a pensar) aquello que Kafka le respondió a Janouch en cierta ocasión.
Le presté a Kafka una traducción alemana del libro religioso hindú Bhagavadgita. Kafka dijo:
- Los documentos religiosos hindúes me atraen y me repelen a un tiempo. Al igual que un veneno, en su interior contienen algo tentador y algo repulsivo. Todos estos yoghis y magos no dominan la vida física a través de su amor ferviente a la libertad, sino a través de un odio frío e inconfesado a la vida. La fuente de las prácticas religiosas hindúes es de un pesimismo insondable”
(Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka, Destino, p.158)
Y concluía Azúa: “Los adultos pueden estudiar Sabiduría Oriental sin ningún peligro, e incluso copiarla, como hizo Schopenhauer. No así los jóvenes. Es conveniente apartar a los estudiantes de toda contaminación oriental. O que la practiquen los fines de semana, como el éxtasis. Son lo mismo. Pura resignación”.

Si los paseos con zen, ya por fin, se habían terminado; si ninguna mano tomaba ya mi mano (¿cómo iba a tomarla?) y el colega Azúa llamaba coherentemente la atención sobre algo que ella, mucho antes, mucho más inteligente, había ya denunciado, ¿por qué seguir entonces con todas aquellas colecciones de abandono?
Y entonces me acordé de Chantal Maillard, y recordé su dolor, la oportunidad verdadera del dolor, su contingencia, la interpretación, incluso, del dolor:
“Yo creo –comentaba Maillard- que corazón ya no tengo”.
Así, pensé, si logramos comprenderlo, vemos brillar los colores de un caleidoscopio eterno en su cosmicómica infinita de versiones.
Y, de paso, según necesidades, vamos tomando éxtasis (¿Sabiduría Oriental, Hegel, Schopenhauer?), mescalina y ayahuasca, lorazepam y anfetaminas.
Hasta el final del camino, sí, ¡cómo no!, según nos vamos acercando.
Hasta el borde mismo del abismo.
Incluso allí, justo al lado, nos echamos unas risas.
2
Movimiento de giro continuo. De Richard Rorty a Philip Larkin y, de éste, atravesando intervalos de sombra, de nuevo a Rorty.
Por encima de todo: la primera línea del poema de Larkin en el homenaje de Carlos Muñoz Gutiérrez (A parte rei) al filósofo estadounidense: “Y una vez que has recorrido la extensión de tu mente…” Un duro trabajo, sin duda, para expertos en tradiciones que no proceden del tiempo, que son, incluso, anteriores al tiempo. Una tarea imposible que refleja la constante donde, a veces, negadas o traicionadas, se caducan las palabras. Larkin, quizás por ello, se pregunta: ¿Y cuál es el beneficio? Y, a pesar de ello (o precisamente por ello), Rorty sonríe con ironía.
Para Rorty, la literatura es el libro de instrucciones de la felicidad humana. No recuerdo bien qué diablos andaba yo tejiendo el pasado viernes 8 de junio, pero de una cosa estoy bien seguro: estaría guerreando con la vida, con las luchas interiores de la vida, porque entonces no tenía el más mínimo interés en sumergirme en las aguas curativas de la literatura.
¿Era la felicidad así, al otro lado, con esos antecedentes, o uno de sus muchos e incómodos paradigmas? Lo explica a la perfección David Foster Wallace, en una entrevista de 2002 que, ahora, como un milagro, aparece por fin en mi pantalla: “Una obra de ficción –señala David- es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial del mundo”. Pero, algo aún más importante: el clic –añade David-, el clic que justifica la vida, la literatura y la filosofía, el artefacto perfecto de todos los movimientos de giro continuo:
“La comunicación entre el creador y el lector –concluye David Foster Wallace- es algo extraordinariamente misterioso (…) Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud”.
Atravesando intervalos de sombra, a este lado imposible de la historia, Auden, Yeats y Joyce, Blake o Rilke, llevarían tiempo trabajando –al igual que Rorty y Larkin, Larkin y Rorty- en la extraña construcción de un extraño artefacto.
A cierta distancia, y de vuelta a casa, la diosa alfabetizada, la alétheia depositada en el centro por los signos de la escritura, procedería a leerse, justo a tiempo, con toda la fuerza del destino, a través del filósofo.
1
El cartel no figura en ningún hotel o posada o pensión de la isla griega de Mykonos, pero su lema secreto, más o menos, salvando las distancias de la lógica y de la metafísica, sería: ¡vamos a vivir de nuevo!
Esto supondría, sin lugar a dudas, dos importantes novedades. La primera, que alguna vez hemos vivido, ¡eureka!, lo que no quedaba nada claro hasta hace unos minutos. Y, la segunda, la más inquietante, que también, en algún momento no determinado, no hemos estado presentes, es decir, nos hemos muerto, lo que tampoco explicaría, de una vez por todas, esta extraña e inesperada predisposición al regreso.
“Las islas griegas”, exclama Marini en La isla a mediodía, el viejo cuento de Julio Cortázar. Y la pasajera americana, arquetipo literario de todas las pasajeras americanas, contesta con desgana: “Oh, yes, Greece”. Sin embargo, a pesar de nuestras investigaciones, no ha quedado registro de si ésta fue lanzada oportunamente en paracaídas como exigía el protocolo, o si sus restos descansan, como mandan los cánones, en el panteón ilustre de los personajes intrascendentes.
Al parecer, la filosofía es la puta que me acompaña en todo momento, que acompaña a incontables e incautos desgraciados, pero es también la fiel aliada de un destino (el destino del explorador, del coleccionista de reglas) que no se detiene en vulgares consideraciones.
En la isla griega de Hydra, por ejemplo, Leonard Cohen conoce a Marianne, So long, Marianne, pero nosotros desconocemos si el hijo de ambos, Alex, se dedicó finalmente al béisbol, como apuntaba su oráculo, o si dedicó sus días en cambio al cruel ejercicio de la filosofía. De haberse dedicado a lo segundo, quizás se hubiera encontrado, en un claro del bosque o en un momento de descuido, con el bueno de Jorge Santayana. “La vida –predicaba entonces el filósofo hispano- no se hizo para entenderla; la vida se hizo para vivirla”. Pero, por encima de todo, su oficio le hubiera obligado a reparar en las páginas de Wittgenstein. La modernidad, el progreso y la decadencia, de Jacques Bouveresse, y en esa imposible cita de Karl Kraus con la que, oportunamente, nosotros, apoyados en las inclemencias del tiempo, retomamos de nuevo la travesía:
“No me gusta –escribió Kraus bastante enfadado- inmiscuirme en mis asuntos privados”.
Por otra parte, y volviendo al bueno de Alex, no dudamos de que practicando béisbol, y no filosofía, hubiera sido mucho más feliz.
¿Acaso alguien lo duda?

